La poesía del alma enamorada: san Juan de la Cruz

¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.

 

El vuelo de la lechuza

retrato_de_san_juan_de_la_cruz.jpgReza el fraile en la celda monástica, compone versos y canta para consolarse. He aquí un místico en estado de secuestro, y no de voluntaria reclusión. Esta es la segunda vez que lo encarcelan. Por eso, sabe que nadie podrá acallarlo, mucho menos las insidias e intrigas de los carmelitas calzados. Quizás no se han dado cuenta de que Dios vive en él y él habita en Dios, como la esponja en el mar. Aun cuando los monjes lo torturen azotándole uno tras otro las espaldas con una vara y lo humillen obligándolo a comer de rodillas ante ellos, nunca conseguirán que reniegue de la reforma de la Orden mendicante hecha por esa monja exaltada y fundadora de conventos, su amiga Teresa de Ávila. Ni siquiera la llegada a Toledo, de noche y con los ojos vendados, evitará su fuga de la prisión descolgándose por la ventana…

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