CATHERINE, PEQUEÑA CATHERINE

La recepcionista del Ministerio de Agricultura sigue llevando una minifalda de cuero; pero esta vez no la necesito para dar con el despacho. Desde el principio, Catherine Lechardoy confirma todas mis aprensiones. Tiene veinticinco años, un máster en informática, los dientes delanteros estropeados; una agresividad sorprendente: ¡Esperemos que su programa funciones! Si es como el último que les compramos… Una verdadera porquería. Pero, evidentemente, no soy yo quien decide lo que se compra. Yo soy chica para todo, estoy aquí para arreglar las tonterías de los demás… etc.

Le explico que tampoco soy yo quien decide que se vende. Ni lo que se fabrica. De hecho, no decido nada de nada. Ninguno de los dos decidimos lo más mínimo. Solo he venido para ayudarla, darle ejemplares del manual de utilización, intentar poner a punto con ella un programa de formación… Pero nada de esto la calma. Ahora habla de metodología. Según ella, todo el mundo debería obedecer a una metodología rigurosa basada en la programación estructurada; y en lugar de eso viva la anarquía, los programas se escriben de cualquier manera, cada cual hace lo que le da la gana en su rincón sin preocuparse de los demás, no hay acuerdo, no hay proyecto general, no hay armonía, París es una ciudad atroz, la gente no se reúne, ni siquiera se interesan por el trabajo, todo es superficial, todo el mundo se va a casa a las seis haya terminado o no lo que tenía que hacer, a todo el mundo le importo todo tres leches.

Me propone que vayamos a tomar un café. Evidentemente, acepto. Es de máquina. No tengo monedas, ella me da dos francos. El café esta asqueroso, pero eso no le corta el aliento. En París, uno puede reventar en plena calle, a todo el mundo le da igual. En su tierra, en el Verán, no pasa eso. Todos los fines de semana vuelve a su casa, en el Verán. Y por la noche sigue unos cursos en la Escuela de Formación Continua, para mejorar su situación. En tres años podría conseguir el título de ingeniero.

Ingeniero, yo soy Ingeniero. Tengo que decir algo, con voz ligeramente ronca, pregunto:

– ¿Cursos de qué?

– Cursos de control de gestión, de análisis factorial, de algoritmos, de contabilidad financiera.

– Debe ser mucho trabajo, observo con un tono un poco vago.

Si, es mucho trabajo, pero a ella no le da miedo el trabajo. Se queda a menudo hasta media noche en su estudio, para hacer los deberes. De todas formas, en la vida hay que luchar mucho para conseguir algo, siempre lo ha creído.

Subimos la escalera hacia su despacho. “Bueno, lucha, pequeña Catherine…”, me digo con melancolía.

[…]

En la estación de Sèvres-Babylone vi una extraña pinta: “Dios quiso desigualdades no injusticias”, me pregunte quien sería esa persona tan bien informada de los designios de Dios.

 

Michel Houellebecq

 

 



 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s